A
veces resulta posible pensar que cada noche de septiembre es un diluvio
universal en potencia. Quizá esta lluvia nocturna sea la última oportunidad de
cumplir el cliché del beso lluviado o la última vez que miraremos al cielo para
reconocer que Dios es en cada gota de
agua que cae. Quizá después de esta noche no podremos preguntarnos quién llueve,
no habrá quien conteste que las nubes, el cielo o Dios porque ya lo sabremos.
Porque esto puede ser el diluvio universal y moriremos.
¿Cómo
se sabe si uno ya murió y simplemente deambula por un mundo cargado de almas
perdidas, ahogadas por un diluvio universal de septiembre? Quizá no se sabe y
estamos importunando a un mundo de almas vivas.
Quizá
es que ya son las diez menos quince y papá no llega a casa. Nunca sale tarde
porque odia su trabajo y a veces sólo quiere que acabe su turno de once horas
diarias para pelearse con el gato, beber su té y fumar su cigarro. Llegar a
casa y apagar las luces, soñar que es otro, pensar que pudo haberse fugado a
otro país con otra identidad y trabajar menos tiempo.
Quizá
es que empiezo a odiar la soledad a la que me confino después de notar que
nadie me cae bien y eso me incluye a mí misma. Los espejos muestran sombras
amorfas y papá no llega a casa.
Saco
libros del estante y apenas descubro una realidad fuera de las palabras. Yo no
sé si haya alguien en el mundo de los vivos que cohabite esta casa, atemorizado
porque el librero se vacía de pronto. Quizá sea yo quien cohabite esta casa
como una sospecha de la vida después de la muerte. El gato no me hace caso
cuando le digo que no muerda las páginas de los libros porque quizá no sea mi
gato. O quizá la muerte le haya dado permiso de recorrer la casa y actuar a su
antojo.
Papá
no llega y hoy quiero contarle que ese otro oscuro no es otro sino uno mismo,
que la muerte también puede ser un placer para los vivos. A veces extraño el
silencio rutinario de sus días difíciles y el miedo a decir una palabra que le
haga escupir la comida para ir a apagar la luz y soñar que trabaja menos
tiempo.
Pienso
que tengo hambre pero no siento un vacío real en el estómago porque mi soledad
se vuelve océano cuando tengo que comer sin papá. Papá es mi sol y hoy llueve
mucho. Me pongo la pijama y pienso cómo sería la mujer que durmiera en mi
habitación si yo coexistiese en su casa, que a veces siento mía. Seguro sería
una mujer liviana que no pensara en diluvios universales cuando estuviera sola.
Son
las doce en punto y me marcho a la cama con el temor de la lluvia que no para.
Cuando mi alma muerta toca el picaporte de la puerta entra papá pero no lo
escucho y él no me ve, a pesar de intuir la presencia del otro como un camión pasando encima del cuerpo del ser amado.
Quizá sólo a mí me ahogó el diluvio universal.