Para Vanessa
Una sucesión de matanzas adornan las
manos de nuestros personajes, todavía no es preocupante caer en la rutina. De
hecho, es un abismo hacia el cual se enfila la esperanza de vida. La rutina es
seguridad: lo necesario para esta estirpe poco erguida.
Con la oscuridad así de cerca las
esquinas solitarias se vuelven sentencias de muerte en potencia, tanto así que
todos se dirigen a pequeñas guaridas improvisadas. Una piedra convertida en
medida civilizatoria entre el mundo salvaje y la sed animal, lodo apisonado como
límite entre la sílaba torpe del sueño y el fulgor estelar.
En esta tajada de tiempo/espacio los
hombres y las mujeres no tienen nombre propio. Apenas son un gruñido en la
estética sonora. Un proveedor y una fábrica de preservación humana. Es confuso
relatar lo que cierto individuo hizo o deshizo pues todos se confunden. Todos
son el mar que se expande hacia la arena seca –cualquier lugar donde se pueda
cultivar es bueno-.
Uno de estos seres llega por fin al
sagrado refugio –estéticamente sería mejor “santo refugio” pero en esta tierra
no hay santos ni dioses, apenas el fuego y eso es suficiente- y una mujer se
acerca a él, como adivinando el destino de su sombra. Y lo toma de las barbas.
Él ha alcanzado a sentir su tacto, ya tibio por la seguridad prolongada de la
guarida, y ha resoplado profundamente.
Pero ella le dirige una mirada
interrogativa –la misma que persiste en las mujeres que, gracias a estos seres,
abuelos suyos, existen en otro tiempo- y aleja su mano que ahora está manchada
de sangre que procede a embarrar en una piedra pared límite entre el humano y
el animal.
Y él, con la espalda caliente –continuación
del resoplo- trata de explicar lo que ha pasado.
A este relato no le quedaría muchas
líneas de vida si existieran las palabras y él dibujara con sus manos la
silueta de un animal, si pudiera contar con metáforas profundas el color rojo
de la sangre. Pero imagínese usted explicar un color sin palabras. Aún con
palabras se torna difícil. Del rojo se podría decir que cuando la sumerges en
la pista de baile es el color de su vestido. Cuando ella te susurra es el color
de sus labios. Cuando haces el amor es el rastro que quieres dejar en su
cuerpo. Cuando ella apoya su mano sobre tu corazón es el color que se refleja
en sus dedos que se deslizan como la estela de una frase que no puede ser
terminada. Cuando rompes el florero de la sala es el alma que amenaza con
abandonar el vidrio roto. Cuando gritas es el color que desgarra la atmósfera. Cuando
ella te escucha es el ritmo de sus latidos. Cuando la miras a los ojos por
última vez es el color desvanecido de tu corazón cayendo al suelo. No es el
color que ves cuando se va.
La metáfora podría alargarse hasta el
infinito. Pero el único infinito comprendido en este tiempo es el de la sangre
en la mano de la mujer. Y el hombre ensangrentado mira el fuego, como buscando
en su crepitar una palabra que defina ese universo de rojo infinito. Luego se
intuye en una pared, en forma de bicho aplastado en la negrura: su sombra.
Entonces hila desde sus dedos el
principio de una historia -¿quién se imaginaría que explicar la sangre se
convertiría, siglos después, en una investigación de doctorado?- primero el
dedo índice y el medio se transforman en piernas reflejadas a la luz del fuego –él
iba caminando por la tierra desprovista de palabras-, su puño se cierra y se
mueve con violencia –vio a lo lejos un mamut que tan grande como era, amenazaba
su pequeña vida de hombre-. La mano se abrió y de nuevo eran sus dedos unas
piernas que caminaban
Len
Ta
Men
Te
Hacia atrás –huyendo del mamut-.
Después del prolongado gesto de huída las piernas de sombra se detenían, luego
se abalanzaban hacía adelante, donde de nuevo el puño cerrado en forma de mamut
–muy a la Antoine de Saint-Exupéry- se
agitaba. Entonces las sombras de las manos se confundieron en un caos de deidad
–el hombre y el mamut peleaban a muerte- hasta que encima del puño se posaron
las piernas. Victoria definitiva para el hombre. De ahí la sangre.
¿Y el mamut?, se preguntará usted,
¿por qué no lo llevó hasta la guarida para alimentar a los demás y así procurar
que nosotros nazcamos y esta historia sea contada? Pero hay una razón que está
obviando, querido lector, y esa es el peso del mamut que, si no conocemos
exactamente, sabemos que rebasa por mucho la fuerza de cualquier hombre. Claro
que una persona como usted o como yo hubiera gritado para que otros vinieran a
ayudar con la carga pero en este espacio no existen palabras. ¿Cómo gritar? Quizá
estrellando el dedo chiquito del pie contra una piedra o enfrentándonos de
lleno a nuestra insignificancia dentro del acontecer universal. Un grito puede
existir, aunque no existan palabras, si dejamos de comer por varios días pero
no serían las cuerdas vocales las que lo producirían sino el estómago. Pero
estas nociones son muy ajenas a ese hombre de barbas ensangrentadas.
El hombre había matado a un mamut con
sus propias manos y eso era lo que la mujer sabía. Ahora, la mujer premia al
hombre exponiendo las partes que le fueron obligadas a cubrir cuando fue
expulsada del paraíso, dando paso al acto reproductivo a través del cual fue posible
que naciera su tataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratatarabuelo,
querido lector.
Pero si le pregunta al Doctor en
Accidentes Prehistóricas le dirá que el hombre - Homo rhodesiensis, de género masculino, entre los
diecisiete y los veinte años de edad- tropezó con una piedra y cayó de bruces
al suelo, provocándose una herida horizontal en la barbilla que, aunque
superficial, resultó en una hemorragia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario