domingo, 17 de agosto de 2014

La sombra del mamut

Para Vanessa

Otro día se descompone en luces naranjas hacia la noche.

Una sucesión de matanzas adornan las manos de nuestros personajes, todavía no es preocupante caer en la rutina. De hecho, es un abismo hacia el cual se enfila la esperanza de vida. La rutina es seguridad: lo necesario para esta estirpe poco erguida.

Con la oscuridad así de cerca las esquinas solitarias se vuelven sentencias de muerte en potencia, tanto así que todos se dirigen a pequeñas guaridas improvisadas. Una piedra convertida en medida civilizatoria entre el mundo salvaje y la sed animal, lodo apisonado como límite entre la sílaba torpe del sueño y el fulgor estelar.

En esta tajada de tiempo/espacio los hombres y las mujeres no tienen nombre propio. Apenas son un gruñido en la estética sonora. Un proveedor y una fábrica de preservación humana. Es confuso relatar lo que cierto individuo hizo o deshizo pues todos se confunden. Todos son el mar que se expande hacia la arena seca –cualquier lugar donde se pueda cultivar es bueno-.

Uno de estos seres llega por fin al sagrado refugio –estéticamente sería mejor “santo refugio” pero en esta tierra no hay santos ni dioses, apenas el fuego y eso es suficiente- y una mujer se acerca a él, como adivinando el destino de su sombra. Y lo toma de las barbas. Él ha alcanzado a sentir su tacto, ya tibio por la seguridad prolongada de la guarida, y ha resoplado profundamente.

Pero ella le dirige una mirada interrogativa –la misma que persiste en las mujeres que, gracias a estos seres, abuelos suyos, existen en otro tiempo- y aleja su mano que ahora está manchada de sangre que procede a embarrar en una piedra pared límite entre el humano y el animal.

Y él, con la espalda caliente –continuación del resoplo- trata de explicar lo que ha pasado.

A este relato no le quedaría muchas líneas de vida si existieran las palabras y él dibujara con sus manos la silueta de un animal, si pudiera contar con metáforas profundas el color rojo de la sangre. Pero imagínese usted explicar un color sin palabras. Aún con palabras se torna difícil. Del rojo se podría decir que cuando la sumerges en la pista de baile es el color de su vestido. Cuando ella te susurra es el color de sus labios. Cuando haces el amor es el rastro que quieres dejar en su cuerpo. Cuando ella apoya su mano sobre tu corazón es el color que se refleja en sus dedos que se deslizan como la estela de una frase que no puede ser terminada. Cuando rompes el florero de la sala es el alma que amenaza con abandonar el vidrio roto. Cuando gritas es el color que desgarra la atmósfera. Cuando ella te escucha es el ritmo de sus latidos. Cuando la miras a los ojos por última vez es el color desvanecido de tu corazón cayendo al suelo. No es el color que ves cuando se va.

La metáfora podría alargarse hasta el infinito. Pero el único infinito comprendido en este tiempo es el de la sangre en la mano de la mujer. Y el hombre ensangrentado mira el fuego, como buscando en su crepitar una palabra que defina ese universo de rojo infinito. Luego se intuye en una pared, en forma de bicho aplastado en la negrura: su sombra.

Entonces hila desde sus dedos el principio de una historia -¿quién se imaginaría que explicar la sangre se convertiría, siglos después, en una investigación de doctorado?- primero el dedo índice y el medio se transforman en piernas reflejadas a la luz del fuego –él iba caminando por la tierra desprovista de palabras-, su puño se cierra y se mueve con violencia –vio a lo lejos un mamut que tan grande como era, amenazaba su pequeña vida de hombre-. La mano se abrió y de nuevo eran sus dedos unas piernas que caminaban
Len
     Ta
          Men
                Te
Hacia atrás –huyendo del mamut-. Después del prolongado gesto de huída las piernas de sombra se detenían, luego se abalanzaban hacía adelante, donde de nuevo el puño cerrado en forma de mamut –muy a la Antoine de Saint-Exupéry-  se agitaba. Entonces las sombras de las manos se confundieron en un caos de deidad –el hombre y el mamut peleaban a muerte- hasta que encima del puño se posaron las piernas. Victoria definitiva para el hombre. De ahí la sangre.

¿Y el mamut?, se preguntará usted, ¿por qué no lo llevó hasta la guarida para alimentar a los demás y así procurar que nosotros nazcamos y esta historia sea contada? Pero hay una razón que está obviando, querido lector, y esa es el peso del mamut que, si no conocemos exactamente, sabemos que rebasa por mucho la fuerza de cualquier hombre. Claro que una persona como usted o como yo hubiera gritado para que otros vinieran a ayudar con la carga pero en este espacio no existen palabras. ¿Cómo gritar? Quizá estrellando el dedo chiquito del pie contra una piedra o enfrentándonos de lleno a nuestra insignificancia dentro del acontecer universal. Un grito puede existir, aunque no existan palabras, si dejamos de comer por varios días pero no serían las cuerdas vocales las que lo producirían sino el estómago. Pero estas nociones son muy ajenas a ese hombre de barbas ensangrentadas.

El hombre había matado a un mamut con sus propias manos y eso era lo que la mujer sabía. Ahora, la mujer premia al hombre exponiendo las partes que le fueron obligadas a cubrir cuando fue expulsada del paraíso, dando paso al acto reproductivo a través del cual fue posible que naciera su tataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratataratatarabuelo, querido lector.


Pero si le pregunta al Doctor en Accidentes Prehistóricas le dirá que el hombre - Homo rhodesiensis, de género masculino, entre los diecisiete y los veinte años de edad- tropezó con una piedra y cayó de bruces al suelo, provocándose una herida horizontal en la barbilla que, aunque superficial, resultó en una hemorragia.

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