jueves, 6 de noviembre de 2014

Las trampas de sus ojos

Querido público, me parece inútil tratar de contar algo desde el inicio porque éste siempre es delimitado por líneas difusas. El nacimiento parece un inicio pero antes de nacer fuimos esperma, antes de eso tal vez sólo ganas naturales de preservar la especie, aún antes fuimos quién sabe qué fluido orgánico. Los inicios, creo yo, no deberían ser evocados.

Mi inicio o, mejor dicho, mi nacimiento, y el comienzo de esta historia son relativamente cercanos. Atendiendo a la lógica de las grandes historias épicas, ahora debería desglosar mi genealogía y destacar los logros familiares, pero no sé quién fue mi padre y nunca conocí a mi madre. Mi primer recuerdo es haber estado en un pequeño espacio con mis hermanos, o al menos así los pensé por compartir el espacio con ellos durante mis primero días de vida. Sí, para mí son mis hermanos, pero nunca llegué a conocerlos, sólo sé que el olor de su reciente nacimiento se parecía mucho al mío y los quise por un corto tiempo. Ahora su recuerdo es como el olor de la leche tibia por la mañana: me consuela por un momento pero no me alcanza para rescatar el día del torbellino que es ella o, mejor dicho, el torbellino que me ha vuelto en su presencia.

La conocí un martes de junio. Si hubiera sabido con qué espécimen femenino me encontraría no hubiera llorado tanto ni hubiera tratado de esconderme. Pero estaba aterrado. Desde la primera vez que la vi me pareció enorme. Sus manos estaban llenas de ternura y olor a tabaco. Sus labios eran finos pero suaves, lo sé porque me vio y me besó. A mí nunca me habían besado antes de ella. Entonces pensé que su presencia en mi vida era un milagro como pocos existen en la historia del mundo.

Querido público, en este punto de mi historia podría mentir y contarles que los primeros días aproveché sus excesivas atenciones para hacerme dueño de su tiempo, pero suficiente tengo con ella como para venir y mentirles a ustedes. Así que traten de entender que yo estaba aterrado y era muy joven.

Los primeros días fueron un desastre: me la pasaba temblando y apenas bebía algo de leche tibia. Soñaba con mis hermanos, lejos de mí, temerosos como lo estaba yo y me orinaba en la cama. Qué apenado estaba con ella, mi juventud no era excusa, pues era lo suficientemente viejo como para pasearme con autonomía por el departamento y defenderme de los peligros en él pero demasiado joven como para salir yo sólo de ahí.

A pesar de todo –quizá también al pesar de ella- tuve cama y alimento. Ella me acariciaba sobre el pómulo de la mejilla y me abrazaba cuando quería dormir. No siempre quería yo dormir también pero sentir su olor cálido me quitaba las ganas de irme. A veces estaba ahí junto a ella, inmóvil por varias horas, sintiendo su aliento agolparse tras sus labios finos mientras dormía. Otras veces ella no dormía. Se sentaba frente a la computadora y la veía entrar a una dimensión inaccesible para mí, a pesar de mi juventud no entiendo ese sistema de signos y golpes de teclado. Pero a ella le encantaba, pasaba mucho tiempo embebida en ese pequeño universo mientras yo la miraba. Yo sólo podía mirarla hasta que aprendí que su regazo era orto paraje cálido y, si tenía suerte y me quedaba ahí el tiempo suficiente, me regalaba algunas caricias ocasionales o me besaba. Desde su regazo podía oler dulcemente su sexo escondido y me imaginaba miel mezclada con leche tibia. Su regazo es la antesala del cielo.

Ahora, no crea el público que lo hacía yo en un afán mañoso. Para poder entender esto debe recordarse que yo nunca conocí a mi madre y no conocía otro cariño que el suyo ni otro calor que el de su cuerpo. Ella podría haber sido una madre protésica para mí si no hubiera sido por un brevísimo y, en apariencia, insignificante suceso que relataré ahora:
Cada noche, poco antes de dormir, ella me sacaba del cuarto y cuando me dejaba entrar de nuevo, ya traía la pijama. Eso me parecía normal, supuse que así se estilaba en todos lados y no le veía mayor inconveniente: era el tiempo exacto que yo tardaba vaciando mis esfínteres para no pasar más penas nocturnas. Digo, si a uno le dan comida, abrigo y cariño, lo menos que puede hacer es no andarse orinando por todos lados.

Una noche, quizá era jueves, la vi quitarse el suéter. Casi no reparé en ese acto, ella solía andar muy ligera de ropa casi todo el tiempo. Pero luego se desabotonó la camisa y la dejó caer al suelo. Ella estaba de espaldas a mí, como si no notara mi presencia, entonces pude ver las líneas de su cuerpo como si se tratara de la estela de perfume que deja cuando se pasea por el departamento. Apenas sobresalían de la planicie dérmica. Luego se empezó a bajar el pantalón lentamente y conocí latitudes de sus muslos que habían estado vedadas para mí hasta ese momento. Su cuerpo no se parecía a los que aparecían en la tele cuando la mirábamos juntos los domingos ociosos. Eso era la realidad, la proximidad. Yo no acostumbro hacer mucho ruido pero esa noche en específico permanecí silencioso, como si cualquier sonido que quisiera salir de mi boca temiera afectar la visión. Aún ante mi silencio, el acontecimiento fue breve, apenas duró lo que un suspiro.

Luego se puso la pijama y nos acostamos a dormir. Ese día sus mejillas desprendían un aroma especialmente embriagante y yo sentí una felicidad sólo comparable con escuchar el ruido de sus llaves del lado exterior de la puerta.

Cada tanto ella me traía pequeños obsequios con lo que crucificaba las horas de su ausencia. Cuando estaba presente la seguía como una sombra. Si ella comía a mí me atacaba un sentimiento de inanición profunda pero no quería la cotidiana leche tibia, yo quería lo que ella comía, como si esa comida formara un vínculo entre su hambre y la mía; si ella se sentaba debía ser yo el dueño de su regazo, si ella dormía me convertía en su cómplice onírico. El único espacio separado era el baño, pero qué más daba, ella era mía por todos los minutos del reloj en que no salía de casa.

Un día, sin embargo, entró con alguien que yo no conocía. Era un hombre altísimo que se reía de una manera boba. Comieron juntos, sentados muy cerca. Obviamente yo estaba en el regazo de ella y ella parecía feliz. Esa sonrisa que iluminaba sus ojos fue razón suficiente para que accediera a que ese sujeto ocupara mi lugar en la cama. Yo estaba al pie de la cama, mirándolos. Él la estrujaba con un brazo y con el otro le acariciaba la mejilla. La misma mejilla con la que yo me rozaba en las noches. No sé qué se creyó ese sujeto. Cuando vi que la besaba con los labios apretados no pude más. Estaba pensando lanzarme a su cara, abrirle la boca para que no pudiera besarla más., enterrarle las uñas en las ojos para que no recorriera sus contornos nunca más, morderle la nariz para que no se robara el olor de su piel, que era mío. Pero me ganó esa sensación de comezón en el orgullo y me oriné al pie de la cama. Él se dio cuenta y ella se disculpó, cambió la sábana y me sacó del cuarto. Cerró la puerta pero yo no me alejé, permanecí plantado frente a ella como necio. No pude evitar arañar la madera y llorar cuando pude percibir el olor a leche y miel que desprende su sexo.

El tipejo se fue poco después y yo entendí que ella nunca había sido mía. Las sábanas olían al tipejo. Esa noche vomité varias veces y ella creyó que estaba enfermo y me abrazó muchísimo. Yo permanecí inmóvil como siempre, pero sentía su piel como la lengua de un cuchillo recorriéndome, era un recordatorio de sus labios aceptando a otro que no era yo. A otro que ni siquiera la merecía, peor aún, ni siquiera le interesaba y yo podía notarlo. Pero lo había llevado a su cama, había dejado que usurpara mi lugar y embarrara su pestilente olor en las sábanas.

Ahora, querido público, puede parecer esto una pataleta inmadura pero es que nunca han oído su voz cuando dice que me ama, nunca han visto las curvas que se forman en los bordes de sus labios cuando me besa. No conocen su aroma constante a través de un departamento que es mi mundo entero. Ya sé que ella nunca me dijo que sólo seríamos los dos en nuestro pequeño universo pero yo siempre quise pensar que eso gritaba la piel de sus mejillas cuando pasábamos ocho horas dormidos tan cerca que el aliento del otro emulaba una brisa marítima.

Inevitablemente, después de ese día mi comportamiento general se vio mermado por el recuerdo de ese tipejo. Más que ese hombre, fue el choque contra la realidad: ella no era mía, no vivía para mí como yo vivía para ella. Empecé a dormir mucho, a comer poco, a esconderme como si recién hubiera llegado. Me acercaba a su regazo sólo cuando el clima era inclemente. La cama era lo suficientemente grande como para dormir lejos de ella.

Una vez dejó la puerta del departamento abierta y salí. Cuando aspiré el aire ajeno al encierro casi se me olvida el aroma que me atrapó. Pero cuando giré la cabeza ella estaba tras de mí y entendí que estaba confinado a la trampa de sus ojos. No me quedó más que explorar el exterior con cierta indiferencia y ocultarme de ella el mayor tiempo posible.

Una mañana, recuerdo que el viento que entraba por las ventanas me despeinaba entonces corrí a esconderme al baño. Sucedió entonces que a ella no le importó y se bañó conmigo dentro. Nunca pude saborear por completo su desnudez morena, ni llegué a ver la circularidad etérea de sus pezones, pero esos baños eran mi forma de iniciar plácidamente los días.

Va a preguntarse, querido público, ¿Dónde quedó el resentimiento que le profesé algunos momentos antes? Pero nadie en esta sala, creo yo, puede negar que la desnudez adereza todo, incluso el resentimiento y la decepción. Y si lo puede negar es que algo está honestamente mal en su interior o la desnudez que conoce es patética.

Pasaron algunos meses y las cosas volvieron casi a la normalidad. El tipejo no volvió y sólo estábamos ella y yo. Volví a dormir sintiendo su brisita en mi nariz. Cada vez se apenaba menos en mi presencia, entonces solía salir en ropa interior de su habitación (obviamente yo la veía desnudarse) y varias noches calurosas no existió prenda que me obstaculizara de la piel de sus piernas.

A pesar del glorioso panorama que describo, el tono de mi narración no pretende ser plácida como la leche tibia, sino melancólica. La desnudez de una mujer tan enormemente tierna y bella como ella puede ser eclipsada, crease o no, por una terrible noción.

Para explicar esto debo recurrir a un episodio nocturno en que ella se había demorado en llegar. De vez en cuando no dormía en el departamento, pero en esas situaciones empacaba una mochila y me besaba antes de irse. Esa noche simplemente no llegaba. Yo no estaba preocupado, sabía que sus piernas achocolatadas eran lo suficientemente largas para correr del peligro y lo suficientemente fuertes como para asfixiar a cualquier malhechor. Pasó mucho rato y simplemente no llegaba. Frente a la puerta, en el piso helado, me quedé dormido esperándola. Fueron las cuatro de la mañana la hora de su llegada. Se lavó los dientes y se metió a la cama. Generalmente yo la miraba lavarse los dientes y luego la seguía a la habitación, pero aquel día me quedé estirándome y la alcancé en la cama.

Me acurruqué en sus piernas esperando el aroma dulzón de su sexo amielado cuando llegó a mi nariz ese olor. Era una mezcla entre la reminiscencia del aceite quemado y jabón. Penetrante al punto de hacer que me erizara y un escalofrío me recorriera el lomo.

Entonces lo entendí. Ella había estado con un hombre y ese hombre había dejado en ella una huella más profunda que un beso: el olor de ambas pieles se fundía en el espiral de mi desgracia. Ella nunca había sido mía y nunca lo sería, tendría que conformarme con mirarla pasearse por el departamento en paños menores –bendita mujer, tanto le gusta pasearse en ropa interior-, tendría que bastarme su amor a medias, sus palabras de aire, sus besos dolorosos. Ella nunca podría conformarse con el amor de un ser de mi calaña. Aceptar esto me confinó por el resto de mis días a ser presa de las trampas de sus ojos, me limitó a vivir como su pequeño esclavo.


Finalmente, ¿qué podría darle yo, que no soy más que un gato?

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