Para Inés, Julia y Jacobo
Alan estaba sentado en la tina cuando miró a mamá.
-¿Qué es esta manchita roja?
Le preguntó con esa mirada de muñeco viviente que a veces me asustaba cuando él no podía dormir y se paraba frente a mi cama a esperar que despertara.
Mamá no sabía.
Recordó el instante en que papá le sostenía la mano en la sala de partos mientras yo estaba con el abuelo en el pasillo del hospital. Papá salió con los ojos húmedos para contarle al abuelo sobre Alan.
Él nació sin un corazón.
El doctor Naranjo no supo decir más que su nacimiento fue un milagro: Alan estaba pálido, pero respiraba, no lloraba pero sus ojos estaban pendientes de las paredes que, en su blancura, parecían succionarlo.
Desde que Alan nació las cosas cambiaron en casa. Mamá ya no me dejaba salir al patio a jugar. Alan y yo pasábamos horas mirando por el ventanal de la sala, sentados en el suelo, suspirando nuestras almas sobre el vidrio para dibujar aviones y libélulas con los dedos.
Mamá me dejó con Alan en el baño y fue a contarle a papá de la manchita violeta en el pecho de Alan.
A medianoche soñé que Alan soplaba sobre el vidrio y su aliento volaba de su boca como una ola de mar. Alan traspasaba el vidrio y por fin jugaba. Volaba con las libélulas que yo dibujaba.
Entonces desperté y escuché que mamá lloraba.
Dos días después papá y Alan fueron con el doctor Naranjo para explorar esa manchita.
Alan llegó de la mano de papá con una paleta. Papá me sonrío y me dijo que Alan y yo podíamos salir al patio: en el pechito de Alan estaba creciendo un corazón.
Tomé la mano de Alan y lo llevé al patio, le enseñé a jugar escondidas y el asalto al castillo, pero él sólo miraba el cielo.
Nunca había visto las nubes desde fuera de casa. Estaba impresionado y no hablaba, apenas me ponía atención.
Alan siempre parecía una gente mayor. La mirada perdida en las paredes y la falta de habla que a veces parecía demasiada educación. Comía poco y no sonreía cuando papá nos daba helado en la cena si mamá no estaba. Tampoco se reía con las caricaturas en la tele.
Una vez papá nos quiso llevar al circo pero Alan tropezó con un escalón cuando bajábamos de la casa y cayó rodando por las escaleras. No lloró ni se dio cuenta de la herida en el codo, pero mamá llegó a casa justo cuando papá le limpiaba la herida.
Esa noche papá y mamá pelearon.
Alan parecía robot, incluso cuando le prestaba mi barco favorito para que jugara al capitán cuando mamá nos preparaba las tinas para bañarnos.
Cuando papá nos dejó salir a jugar, él prefirió ver las nubes. De repente me preguntó:
-¿Qué es eso?
Y señaló el árbol de limones en el patio del vecino, apenas se veían algunas ramitas sobre el muro.
-Es un colibrí.
Le dije yo. En la escuela me enseñaron que esos pájaros mueven sus alitas muy rápido y son muy chiquitos, caben en la palma de la mano, como el corazón de Alan.
Y desde ese día siempre que salíamos a jugar, Alan se paraba en una esquina del patio y miraba el limonero esperando que el colibrí apareciera de nuevo. Mamá incluso pensó en llevarnos al aviario, pero cambio de parecer diciendo que era muy pronto para Alan. No quería más accidentes.
La manchita en el pecho de Alan creció desde el primer día que vio al colibrí. Y cuando hablaba sólo preguntaba si habíamos visto un colibrí o cuándo podíamos salir al patio de nuevo.
Un martes de abril, mamá no nos dejó salir al patio por que llovía, entonces Alan y yo, como meses atrás, sólo observábamos el mundo desde el ventanal de la sala.
-¿Alguna vez tendré alas?
Me preguntó Alan.
-Eso sólo lo tienen los pájaros y los ángeles- Dije yo. –Mi maestra en la escuela me contó un cuento de un niño que se hizo unas alas con cera y plumas.
-¿Y pudo volar?
Dijo Alan deseando tener una esperanza de alcanzar en su vuelo a los colibríes, reproducir con sus bracitos los movimientos del vuelo.
Yo no me acordaba del final de ese cuento, pero papá decía que si Alan pudo nacer sin corazón cualquier cosa podía pasar y le contesté que sí podía volar y ver a la abuela caminando con su bolsita colgada del brazo en el cielo, junto a los ángeles.
Desde ese día Alan no comía en la mesa ni dormía en la cama.
Pasaba el día completo sentado en la sala, frente al ventanal, mirando al cielo. Sólo se levantaba para ir al baño y salir al patio. Varias veces tuvo resfriado por dormir en el suelo y entonces no pudimos salir más al patio.
El día en que Alan cumplió cinco años, mamá preparó un pastel, papá y el abuelo trajeron a casa gorritos de fiesta. Yo le dibujé un colibrí en una hoja de mi libreta.
Alan no nos miraba, sólo comía su pastel rebosante de chocolate con los ojos vacíos como un muñeco.
-¿Sabían que el corazón de un colibrí late 30 veces por segundo?
Dijo Alan con los cinco años recién cumplidos y se excusó para poder ir al patio, antes de salir tomó la mochila verde que papá le compró para la escuela y se fue. Yo no quise ir con él porque el pastel era muy grande y podía comer una rebanada extra.
Mamá casi no nos dejaba comer dulces y casi no salía de la casa desde que Alan se resbaló en las escaleras, entonces papá tampoco nos daba ya helado a escondidas. Además, a veces Alan me aburría porque no me hablaba ni jugaba conmigo, sólo miraba las nubes y el árbol del vecino.
Alan vivió cinco años de una forma que pocos pueden entender.
No sintió emoción real hasta ese día en que saltó de la azotea pensando unirse a los colibríes en el limonero del patio del vecino. Él no pertenecía a este mundo de ventanales en la sala, de encierro y cuidados extremos.
Alan alzó el vuelo y se fue con el aire.
Lo vimos por el ventanal de la sala en caída libre hacia el limonero con las alas de cartón que construyó en las noches de los dos meses pasados.
Poco antes de tocar el suelo, se elevó y se perdió entre las nubes con una sonrisa en la cara y el pecho lleno con el corazón rojo, ese día el corazón de Alan terminó de crecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario